DIOS NOS LLAMA A LO IMPOSIBLE
DIOS NOS LLAMA A LO IMPOSIBLE
Queramos o no, debemos reconocer algo, y es que hay puntos de partida donde Dios nos coloca delante de montañas que parecen demasiado grandes para nosotros. Situaciones que, humanamente hablando, no tienen solución. Problemas que superan nuestras fuerzas, nuestras capacidades y hasta nuestra fe. Y es curioso, porque muchas veces vivimos planificando únicamente aquello que creemos poder hacer por nosotros mismos. Nos movemos dentro de lo seguro, dentro de lo calculable, dentro de lo posible. Pero Dios nunca ha trabajado solamente dentro de los límites humanos. Dios siempre ha sido especialista en llamar a hombres y mujeres hacia aquello que parece imposible.
Por eso duele tanto ver cómo muchas personas viven diciendo “¿por qué?”, en vez de atreverse a decir “¿por qué no?”. Cuántos se acostumbraron a responder “no se puede”, cuando el cielo sigue buscando gente que se atreva a decir “sí se puede”. Cuántos viven convencidos de que ciertas cosas jamás cambiarán, olvidando que la Palabra de Dios declara que “para Dios nada es imposible”. El problema nunca ha sido el poder de Dios. El verdadero problema siempre ha sido la capacidad del hombre para creerle.
La historia de Caleb es una de las historias más poderosas de fe, perseverancia y convicción que encontramos en la Escritura. Israel estaba rumbo a la tierra prometida. Después de siglos de esclavitud, Dios estaba llevando a Su pueblo hacia Canaán, la tierra que había prometido muchos años antes a Abraham. No era una idea nueva de Dios. Era una promesa antigua. Aproximadamente seiscientos cuarenta y cinco años antes, Dios ya había hablado acerca de aquella tierra. Y si Dios promete algo, aunque pasen los años, aunque cambien las generaciones, aunque parezca tardar, Su palabra sigue en pie.
Moisés recibió la orden de enviar doce espías para reconocer la tierra. Un hombre por cada tribu. Doce líderes, doce hombres con responsabilidad, doce personas que verían exactamente lo mismo. Y ahí entendemos algo impactante: dos personas pueden mirar el mismo escenario y salir con conclusiones totalmente diferentes.
Cuando regresaron de espiar Canaán, diez de ellos comenzaron a hablar desde el miedo. Sí, la tierra era buena. Sí, fluía leche y miel. Pero también había ciudades fortificadas, pueblos fuertes y gigantes en la tierra. Su enfoque estaba completamente puesto en el tamaño del problema. Empezaron a contagiar al pueblo con incredulidad. “No podremos”, decían. “Son más fuertes que nosotros”. Y poco a poco toda una nación comenzó a paralizarse por el temor.
Pero Caleb era diferente.
Mientras los demás veían gigantes, Caleb veía promesas. Mientras los demás medían el problema según sus fuerzas, Caleb lo medía según el poder de Dios. Él entendía algo que muchos todavía no comprenden: Dios nunca llama basándose en nuestras capacidades. Dios llama basándose en Su poder.
Humanamente hablando, Israel no estaba preparado para conquistar Canaán. No era un ejército poderoso y organizado como las demás naciones. Allí había ancianos, jóvenes, niños, familias completas caminando por el desierto. Delante de ellos había murallas enormes y pueblos entrenados para la guerra. Humanamente era imposible. Pero Dios ya había dicho: “La tierra… la cual yo doy a los hijos de Israel”. La promesa ya estaba entregada antes de comenzar la batalla.
Ahí es donde muchas veces nosotros fallamos. Porque seguimos observando nuestras limitaciones, cuando Dios nos está pidiendo que miremos Su fidelidad.
La incredulidad siempre hace que los gigantes parezcan más grandes. La fe, en cambio, hace que Dios sea más grande que cualquier gigante.
Sin embargo, aunque Caleb creyó, no recibió inmediatamente la recompensa. Y esto es algo que muchos no entienden del caminar con Dios. Hay promesas que llegan rápido, pero hay otras que pasan por el proceso del desierto. Caleb tuvo que caminar cuarenta años viendo cómo toda una generación moría en el desierto a causa de la incredulidad. Él tenía fe. Él creyó. Él obedeció. Pero aun así tuvo que atravesar el proceso.
Y ahí es donde muchos se cansan. Porque todos quieren la promesa, pero pocos aceptan el proceso que forma el carácter necesario para sostenerla.
Dios muchas veces permite temporadas largas no para destruirnos, sino para prepararnos. La adversidad no siempre es castigo. Muchas veces es entrenamiento. Porque antes de entregarnos la montaña, Dios tiene que trabajar primero el corazón del que la va a conquistar.
Y mientras otros morían en el desierto llenos de quejas, Caleb seguía sosteniéndose de una palabra que Dios había dado décadas atrás. Eso es fe verdadera. Seguir creyendo cuando todavía no ves nada. Seguir caminando cuando el panorama no cambia. Seguir esperando cuando todo parece retrasado.
Hasta que llegó el día.
Después de cuarenta y cinco años, Caleb se presentó delante de Josué. Ya no era un joven espía. Ahora tenía ochenta y cinco años. Y aun así, su espíritu seguía encendido. Sus fuerzas seguían firmes. Su fe seguía viva. Y entonces dijo una de las declaraciones más impresionantes de toda la Biblia: “Dame, pues, ahora esta montaña”.
Qué impactante es eso.
Caleb no pidió descanso. No pidió una tierra pequeña. No pidió comodidad después de tantos años difíciles. Pidió precisamente la montaña donde todavía estaban los gigantes y las ciudades fortificadas.
Porque cuando alguien ha caminado muchos años con Dios, aprende que el tamaño del desafío nunca será más grande que la fidelidad del Señor.
Caleb entendió que las promesas de Dios no envejecen. El tiempo había pasado, pero la palabra seguía viva.
Y Dios le cumplió.
Hebrón fue entregada a Caleb porque siguió cumplidamente a Jehová. No fue recompensado solamente por entusiasmo. Fue recompensado por fidelidad.
Y mientras meditaba en esta historia, pensaba en cuántas personas hoy están frente a su propia montaña. Tal vez para alguien esa montaña es su hogar. Quizás es un hijo que parece lejos de Dios. Tal vez es un matrimonio roto. Quizás es un ministerio, un llamado, un sueño que parece demasiado grande. Y sí, probablemente humanamente hablando se vea imposible.
Pero precisamente allí es donde Dios quiere glorificarse.
Porque Dios todavía sigue buscando personas que se atrevan a decir: “Dame esta montaña”. Personas que no se dejen dominar por el miedo. Personas que no abandonen la promesa en medio del proceso. Personas que entiendan que si Dios hizo la promesa, también tendrá el poder para cumplirla.
Tal vez no ha sido fácil. Tal vez el proceso ha dolido más de lo que imaginabas. Tal vez has llorado, esperado y luchado en silencio. Pero si algo nos enseña Caleb, es que vale la pena confiar en Dios hasta el final.
Porque llega el día donde la fe deja de ser solamente esperanza… y se convierte en herencia.
- Pst. Andrés Bonza