“Y vosotros sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular.”
Hay versículos que no solo se leen; se sienten como una responsabilidad que pesa sobre los hombros. Ese es uno de ellos. No dice que somos asistentes del cuerpo, ni espectadores del cuerpo, ni simpatizantes del cuerpo. Dice que somos el cuerpo. Y cuando uno entiende eso, ya no puede seguir viviendo la fe como quien va al cine un domingo por la tarde.
Hubo un tiempo en que me gustaba ver muchas películas. Con el paso de los años entendí algo curioso: no es lo mismo ver una película en casa que verla en una sala de cine. En el cine todo está diseñado para envolverte. El sonido retumba, la pantalla te absorbe, apagas el celular, te desconectas del mundo. Pagas por dos horas de inmersión. Pero, aunque pagues la entrada más cara, aunque compres las mejores palomitas y te sientes en la mejor silla, sigues siendo un espectador. Cuando llegan los premios y galardonan al protagonista, a ti no te llaman al escenario. Tú solo miraste.
Y a veces temo que muchos han convertido la iglesia en eso: una sala de cine espiritual. Llegan, se sientan, observan cómo otros sirven, cómo otros predican, cómo otros cantan, cómo otros oran. Se emocionan con la escena, lloran con el mensaje, aplauden el final… pero siguen siendo espectadores.
La iglesia no es un cine. En la iglesia no hay extras contratados para pasar de un lado a otro sin propósito. En la iglesia, cada miembro tiene función. Cada miembro tiene responsabilidad. Cada miembro tiene un llamado.
Jonás intentó comprar un boleto para no participar en la película de Dios. El Señor le dijo: “Ve a Nínive”, y él decidió ir en dirección contraria. Pagó su pasaje. Se acostó en el fondo del barco. Quiso ser espectador de su propio llamado. Pero cuando Dios escribe el guion, nadie escapa tan fácilmente. Terminó siendo protagonista a la fuerza, tragado por un pez, vomitado en la orilla del propósito que quiso evitar.
Eutico también quiso ser espectador. Se sentó lejos, en una ventana, en el borde. Escuchaba, pero desde la distancia. Hasta que el sueño lo venció y cayó. Y de pronto, el que quería pasar desapercibido se convirtió en el centro de la escena. Todos bajaron corriendo. Todos miraron. Todos hablaron de él. En la película de Dios, aun los que intentan esconderse terminan siendo alcanzados por el llamado.
Porque Dios no llama a espectadores. Dios llama a protagonistas.
Muchos usan la falsa humildad como excusa. “No, es que Dios no me necesita.” Es cierto que Dios sigue siendo Dios sin nosotros. Pero decidió manifestarse a través de nosotros. Somos la extensión visible de un Cristo invisible. Los dones que recibiste no son adornos espirituales; son herramientas de construcción. El talento no es decoración; es responsabilidad.
No hay espacio para la comodidad en el cuerpo de Cristo.
Mientras Nehemías reconstruía los muros, el pueblo trabajaba con ánimo. Eso me impacta. No solo trabajaban: tenían ánimo. El ánimo elimina las excusas. El ánimo desplaza la queja. El ánimo te hace tomar la pala aunque nunca hayas sido albañil. Y cuando la oposición se levantó, la orden fue clara: una mano en la espada y otra en la herramienta. Construir y pelear al mismo tiempo. Servir y resistir al mismo tiempo. Avanzar y defender al mismo tiempo.
Así es la iglesia. Así es el cuerpo.
Siempre habrá Sambalats y Tobías, expertos en rumores, especialistas en desánimo. No construyen, pero opinan. No ayudan, pero critican. No participan, pero estorban. Son como extras que esperan que el protagonista falle para ocupar un lugar que nunca les fue asignado. Pero el guion de Dios no se escribe desde la burla, sino desde la obediencia.
Gedeón se veía a sí mismo como cobarde. Dios lo llamó “esforzado y valiente”. Moisés se excusó con su tartamudez. Isaías respondió antes de que terminaran de formular la pregunta: “Heme aquí”. Hay una diferencia enorme entre el que pregunta “¿quién puede?” y el que declara “yo voy”.
La iglesia necesita menos preguntas y más disponibilidad.
En el libro de los Hechos buscaron hombres llenos del Espíritu Santo para atender mesas. No para predicar en plataformas. No para liderar multitudes. Para servir mesas. Y de uno de esos servidores salió una de las proclamaciones más poderosas antes de su martirio. Esteban no era un extra. Era un protagonista en el lugar más sencillo.
Ahí está el misterio: en la película de Dios, no hay tareas pequeñas. Solo corazones pequeños.
Y, sin embargo, el giro más sorprendente ocurre en el Gólgota. Dos hombres cuelgan junto al Salvador. Dos condenados. Dos culpables. Uno se burla. El otro reconoce. Uno exige espectáculo. El otro pide misericordia. “Acuérdate de mí”, dice el que no tenía nombre registrado en la historia. Y ese hombre, que parecía un extra en la escena más oscura, se convierte en protagonista de la gracia más grande: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”.
Ese somos nosotros. Extras que merecían quedar fuera del guion. Y el Productor, el Protagonista, el Autor y Consumador de la fe decidió escribirnos dentro de su historia.
Por eso no podemos vivir como espectadores.
El cuerpo no es estático. El cuerpo se mueve. El cuerpo responde. El cuerpo actúa. El cuerpo siente. El cuerpo pelea. El cuerpo sirve. El cuerpo ama. El cuerpo persevera.
Si un día fuiste extra, fue un día. Pero hoy eres miembro. Y miembro implica función. Implica carga. Implica compromiso. Implica renuncia.
No se trata de traer palomitas a la iglesia. Se trata de traer manos. Manos dispuestas. Corazones rendidos. Vidas disponibles.
El mundo ofrece comodidad. Satanás ofreció reinos, gloria y poder. Ofrece siempre lo que seduce a los espectadores. Pero los protagonistas del Reino renuncian a la comodidad para abrazar el propósito.
La pregunta ya no es si la película es real. La pregunta es si vas a meterte en ella.
Porque el guion todavía se está escribiendo. Y el Autor sigue buscando hombres y mujeres que no pregunten “¿quién?”, sino que respondan “aquí estoy”.
El cuerpo de Cristo no necesita más espectadores. Necesita miembros vivos. Necesita protagonistas conscientes. Necesita gente que entienda que la victoria no la fabrica el hombre, sino que la concede Dios, pero que aun así decide usar manos humanas para ejecutarla.
La iglesia no fue llamada a mirar. Fue llamada a actuar.
Y tú no fuiste salvo para sentarte. Fuiste salvo para participar.
Métete en la película.
- Pst. Andrés Bonza.